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Rincón de Ailene y Miguel Án

OS REGALO UN CUENTO

OS  REGALO  UN  CUENTO

CRISTÓBAL JUDEA PALAZÓN (o la incompleta Trinidad)

“Dios no está muerto, está vivo y trabajando en un proyecto menos ambicioso”   Pintada callejera 

Nadie supo jamás a ciencia cierta qué extraño desvarío llevó a Cristóbal Judea a abandonar su prometedor puesto de trabajo como envasador de pizzas en un conocido local de reparto a domicilio del madrileño barrio de Aluche. Nadie supo jamás por qué el dieciséis de febrero de mil novecientos noventa y nueve, a las doce menos cuarto de la mañana (“Hora taurina donde las haya”, según él mismo sentenció, o, al menos, así lo aseguran algunos testigos que presenciaron su espectacular despedida) Cristo –como era conocido en la zona desde pequeño- hizo trizas la gorra plagada de ositos panzones que la empresa obligaba a llevar a sus empleados, padeciesen o no de alopecia, para acto seguido desnudarse hasta quedarse en traje de Adán y proferir alabanzas sin fin al Santísimo Sacramento del Altar y consignas libertarias que relación decían con la II República, la Revolución Castrista y los postulados dignamente ecológicos de Greenpeace. Cuando el encargado del establecimiento pudo o supo reaccionar, las comerciales lunas que invitaban con su transparencia a los transeúntes a degustar la más fabulosa y variada colección de pizzas imaginables (“Especial atención a la Superminiwonderwhooperboom, regalo de un Happy Happy, oferta de la semana”), lucían coloreadas estampaciones que los menos avispados confundieron con novedosos adhesivos publicitarios y los más cercanos identificaron como hojaldres de pizzas moteados de salsas especiales de la casa. Cristo consiguió estrellar los últimos pedidos contra los cristales antes de que el guardia de seguridad lo redujese (no de tamaño, se entiende) y lo esposara al grifo del servicio de señoras, no habiendo encontrado sitio más adecuado con las prisas del momento. Por más que el encargado se empeñase en cerrar la puerta para no ahuyentar a los pocos clientes que todavía quedaban, los gritos de Cristo resonaban de esquina a esquina: “Yo no he venido a traer la paz al mundo, sino fuego...; mi reino no es de este mundo...; he venido a los hombres y los hombres no me han conocido...; abajo el dominio explotador de las multinacionales...”

Nadie acertó nunca a explicarse cómo un chico formal de no más de treinta años, con estudios universitarios reglados, inmerso en una cuenta de ahorro vivienda, de comunión diaria (aún escribiré más, miembro de mayor antigüedad de la sección juvenil de la Adoración Nocturna), sano y deportista, internauta aficionado, con novia desde el vientre de su madre y con el único vicio conocido de asistir a los mítines políticos de campaña electoral para aprovecharse de los bocadillos y refrescos que se obsequiaban al final -y sólo al final- del acto, decidió de la noche a la mañana adentrarse en los vericuetos de la esquizofrenia. Su novia, vocal de las Marías de los Sagrarios y cordimariana ejemplar, atribuyó, en un primer momento, el cambio de Cristo a un afán de notoriedad provocado por el visionado excesivo de programas telebasura y a su deseo de protagonizar alguno de ellos para incrementar el líquido de sus ahorros bancarios. Eso fue al principio. Cuando Cristo, en el segundo día de su nueva vida, le confesó  sin inmutarse que una prostituta de la Casa de Campo se había enamorado de él y que se sentía en la obligación de corresponderla, varió su impresión primera para volver a variarla al día siguiente tras escuchar otra aterradora revelación: “Magdalena –le dijo, equivocando su nombre-, he de reconocerte que soy un poquito mariquita, por no decir homosexual, que es vocablo bíblico”. Horas después los que estaban llamados a ser sus suegros la telefoneaban para comunicarle que Cristo, sirviéndose de una soga, había expulsado del templo de Los Jerónimos a los invitados a una boda fastuosa llamándolos mercaderes, raza de víboras, sepulcros blanqueados, políticos y lindezas por el estilo. Había sido arrestado.Se convirtió en rutina recibir llamadas de comisaría anunciando un nuevo alboroto de Cristo. La gota que colmó el vaso fue el apaleamiento de un cojo que se negó a tirar por uno de los puentes de la M-30 sus muletas a requerimiento de Cristo: “En el nombre del Dios vivo, ¡levántate y anda!”, le gritaba al asustado impedido. Por una falta de amenazas y lesiones leves que luego se convirtió en delito al acumularse el desacato ingresó en la prisión Madrid VI, vulgo Aranjuez. “¿Que si se declara culpable o inocente?”, insistía el juez; y él, con la misma cantinela: “Tú lo has dicho. Prefiero que liberen a Barrabás y que un solo inocente vierta la sangre por el bien de la Humanidad”.En la cárcel estrenó un módulo experimental. Por vez primera en mucho tiempo pudo conciliar el sueño gracias a la medicación brutal que le administraron los servicios médicos penitenciarios. Con las sirenas que anunciaban el recuento de la mañana se despertó para percatarse de que compartía celda (chabolo lo llamaban allí) con un casi anciano barbudo y canoso. Inspiraba confianza, por eso le contó su historia, desde el principio hasta el fin. - ...Y aunque la cosa empezó en Galilea sé muy bien dónde va a desembocar, que me he leído mi vida un montón de veces. Lo que sucede es que hay muchos detalles que no cuadran. Mira, por ejemplo: hasta el día de la fecha nadie me había dado a conocer mi verdadera identidad sexual; no sé por qué la Sagrada Escritura es tan reacia a mostrarme tal y como soy, parece pecar de pudor anacrónico, si bien no dejo de reconocer que hay indicios velados que a los auténticamente estudiosos no escapan.- ¿Podrías aclararme ese extremo? – interrumpió inesperadamente el anciano que escuchaba con una atención que a Cristo motivaba para seguir y seguir y seguir.- No faltaba más. Soy homosexual, y lo sé porque en mi anterior vida siempre estuve rodeado de mujeres y nunca me casé, lo sé –y en ese punto impostaba un tanto la voz- porque consentí que Judas me diese un beso que se ha hecho famoso; lo sé porque Juan, mi discípulo amado, recostaba su cabeza sobre mi pecho y no impedí que Mateo lo incluyese en su Evangelio..., ¿son necesarias más pistas?- Me dejas de piedra.- ¿Por qué? No es tan terrible ser gay.- No, no es por eso, es que me extraña que siendo yo tu padre no me recelase nada de eso –sentenció con voz todavía más grave el compañero de celda.- ¡Abba!, ¡Dios! –gritó Cristo con lágrimas en los ojos.- ¡Hijo mío!, ¡Jesús y hombre verdadero! –lo acogió entre sus brazos.Y así fue cómo Cristo conoció a la primera persona de la Santísima Trinidad.A esa charla inicial siguieron otras muchas, todas de trasfondo teológico.- No estoy puesto en muchas exégesis –hablaba Dios, de nombre Fermín Valencia, profesión aparejador y condenado por un delito contra la salud pública por más que él se empeñase en defender una conspiración judeovaticana contra su persona que, a la sazón, era triple- porque se me cansa la memoria según avanzan los años, y es que ser eterno envejece una barbaridad, pero ¿estás seguro, Cordero Inmaculado, que somos Padre, Hijo y Espíritu Santo? Lo digo porque me cuadra mejor Padre, Hijo y Madre.- Tres personas y un solo Dios. Padre, Hijo –su seguro servidor-, y Espíritu Santo. Te referirás, tal vez, Padre Eterno y Bondad Infinita, a que no consigues explicarte por qué la Palabra Revelada da noticia de una paloma como materialización principal del Espíritu Santo cuando todo el mundo sabe que tales aves son incapaces de articular sonidos. “Se oyó una voz que decía: Éste es mi Hijo muy amado, el predilecto. Escuchadle.” ¿Te acuerdas de eso, cuando me bautizó mi primo, y consecuentemente sobrino tuyo, en el Jordán? Una paloma no pudo hablar, tuvo que ser, en todo caso, un loro.- ¡Qué misterios tiene la vida sobrenatural! –exclamó Fermín asumiendo tan extraordinario descubrimiento.Y con un “Hasta mañana, si yo quiero”, deseó las buenas noches a su Hijo y compañero.Y así, entre charla y charla teológica, fueron pasando los días de la condena. De lo que quisiera que intentara hablar Fermín siempre surgía una nueva enseñanza por parte de Cristo: “¿Cómo que qué hacemos en la cárcel, Yahvé Sebaot? La idea de cárcel no es de ningún modo ajena a nuestras enseñanzas. Definimos muy bien la cárcel cuando dijimos que el día en que los hombres callen, gritarán las piedras. Los presos son hombres que callan. La cárcel son piedras que gritan.” El roce, amén de cariño, hace crecer perplejidades, a ello se debió que Cristo se extrañase sobremanera al comprobar que el Creador del Universo necesitaba como cualquier hijo de vecino comer, beber y defecar: “¿Y no has probado a prescindir de tales bajezas?”, le preguntaba con cierto escepticismo. Y  lo hacía basándose en que él, a fin de cuentas, era perfecto Dios, pero también perfecto hombre, por lo que no podía omitir el enojoso trámite de visitar el excusado, más enojoso, si cabía, dentro del contexto penitenciario. Fermín, con menos utillaje hermenéutico, se defendía como gato panza arriba: “Ten en cuenta, Verbo Encarnado, que de esa forma me muestro más cercano al mundo al que me quiero revelar.”Las discrepancias no tardaron en surgir, pues no siempre los argumentos del Hijo convencían al Padre quien, por otra parte, ya se estaba cansando de tener que ceder su monopolio de la divinidad en beneficio del compañero de celda. Afortunadamente la Junta de Tratamiento del centro penitenciario aconsejó la excarcelación de Cristo al hacerse lenguas los funcionarios de su ejemplar comportamiento. La incompleta y santísima Trinidad se vio de nuevo dividida, acaso en el momento mismo que más convenía a la subsistencia del dogma trinitario. Es cierto que Cristo visitó en alguna ocasión a Fermín para no echar a perder la perikoresis o circumincesio. No obstante sus encuentros dejaron de menudear cuando se supo que el Padre había cambiado el feo vicio de Onán por el más feo aún de esnifar cocaína. Un cúmulo excesivo del polvo blanco entre las conexiones de sus neuronas hizo, tal vez, que Fermín enloqueciese y tuviese que ser trasladado al hospital psiquiátrico penitenciario de Foncalent. En la celda de observación pasó semanas y semanas repitiendo: “¡Por el amor de mí mismo! En la tierra cada día están más tontos..., ¿pues no se han emperrado ahora en hacer santa a Lady Di?!”. Cristo agradeció secretamente que, en ocasiones, la Providencia estuviese por encima incluso del Sumo Hacedor.

Cristo aprovechaba cualquier aglomeración de gente para reiniciar su vida pública; en los vagones del metro predicaba las bienaventuranzas: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos no defraudarán a Hacienda; bienaventurados los humildes, porque ellos no contratarán a sudamericanas que les trabajen catorce horas diarias sin darlas de alta en la Seguridad Social; bienaventurados los misericordiosos, porque ellos no se comprarán trajes de cien mil pesetas mientras la gente de Somalia no tiene qué ponerse ni qué comer; bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque ellos no votarán a los políticos equivocados...” No pocos lo escuchaban con relativa atención hasta que Cristo comenzaba a desvariar: “Dijo una voz popular: No te toques la nariz que te vas a despeinar...; he aquí que hago nuevas todas las cosas, repetiré mi famosa intervención de la multiplicación de los penes y las paces...” Hilaridad más que conmiseración era lo que producían sus discursos supuestamente incendiarios: “Venid aquí, benditos de mi Padre (quien, por cierto, ahora está en Foncalent), porque estuve desnudo y vinisteis a verme...”. En una ocasión coincidió con su madre en el vagón de la línea seis del metro donde solía predicar. Sintiendo más vergüenza ajena que amor maternal se le acercó para callarlo y Cristo, con mirada extraviada, le respondió: “¿Qué tengo yo que ver contigo? No insistas, madre, no voy a convertir el agua en vino por muy amiga que seas de los novios de Caná. En todo caso convertiría el vino en agua, que hay mucho borracho y mucho inspector de Hacienda pululando suelto por el mundo.” Los usuarios del transporte público le obsequiaban calderilla por el convencimiento con el que actuaba, no sabiendo los mismos que no se trataba de actuación, sino de pura y disparatada vivencia. “Dime, buen hombre, ¿qué rostro hay representado en esta moneda?, -inquiría- ¿no es el del César? Pues dale a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.  La gente de buen corazón, que muy escasa, pero la había, se prestaba al juego: “Aquí no hay ningún César, es la cara del rey”. Y Cristo se crecía: “Igual me da, dásela al rey, y en todo caso, estírate un poco más y si me das monedas que sean de quinientas, no de cinco.” Esos momentos de lucidez certificaban que el redivivo hijo de Dios podía ser tachado de medio tonto, nunca de tonto entero.

Sería exagerado afirmar que su fama se extendió por todo Madrid, pero faltaría a la verdad si no queda reseñado que algunos viajeros subterráneos habituales de la línea seis buscaban el vagón de Cristo para hacer más llevaderos sus desplazamientos con la atenta audición de sus supuestamente bíblicas ocurrencias. “Prestad atención: para estar despiertos es necesario no estar dormidos, y el que quiera seguirme que cargue con su cruz y me siga. Tú, el del fondo, déjalo todo y sígueme.” Excuso decir que jamás dieron resultado sus tan directos requerimientos para comenzar a formar un grupo de discípulos, por lo que optó por visitar las oficinas del INEM para reclutar a los doce. Gracias al normal funcionamiento de la Administración Pública se atendió su petición sin la menor extrañeza, y el funcionario de turno expuso el anuncio de Cristo como si de una colocación más se tratara. Tuvo que hacer una selección pues fueron muchos los atraídos por la oferta: “Se precisa varón mayor de edad con ganas de trabajar, conocimientos de agricultura, pesca o nociones de cambista. También se necesita un traidor. No es necesario vehículo propio.” Durante la séptima entrevista Cristo se percató de que sólo había hablado con extranjeros con cierta dificultad para comprender su idioma, y que, a lo que parecía, el resto de candidatos pecaba de lo mismo. Pensando que tanto trámite demoraría el comienzo de su vida pública con séquito contrató a los doce siguientes sin más dilación. Entre ellos  había tres mujeres, dos de ellas nigerianas, cuya presencia Cristo justificó ante sí mismo como una concesión a la progresía. El resto del apostolado quedaba completado por tres orientales clónicos, un andaluz que había confundido traidor con tirador, y él lo era, ya que su pasión de juventud había sido la caza menor, un empleado de banca en excedencia voluntaria por interés particular que había decidido sacarle más jugo a la vida y experimentar sensaciones nuevas, un vendedor de la Farola en cuya camiseta podía leerse: “Por caridá una limozna, que tengo dos hijos y un sida. Salgo anunciado en televisión”; dos jovencitos de ceñidos pantalones y andares inequívocos en cuanto a su orientación sexual –uno de ellos asumiría el papel de Juan-, un fugado de Ciempozuelos y una maestra nacional jubilada que había confundido las oficinas del INEM con las del INSERSO.

Plugo a la casualidad, que es el nombre laico de la providencia, que cierto reportero de televisión acertara a pasar por el Parque del Retiro cuando Cristo aleccionaba a los suyos acerca de sus funciones. Le pareció aquel fortuito encuentro un premio a su tenacidad y emplazó al grupo en los estudios de Tele Brinco para entrevistarlos en su programa nocturno. Cristo sólo puso como condición que en su espacio televisivo pudiese declamar sin cortes publicitarios el Sermón de la Montaña. A él le entregaron un cheque por valor de cincuenta mil pesetas; a su grupo lo contentaron con cinco mil pesetas por barba, un bocadillo de caracoles y un agua mineral. Su primera intervención mediática estuvo marcada por el milagro; el reportero lo instó a curar a un espectador cualquiera de alguna de sus dolencias y, para estrenarse, se atrevió con una hernia de hiato. Por supuesto que todo estaba preparado a espaldas de Cristo para dejarlo en ridículo una vez él hubiese intervenido, no obstante, fue tal el apasionamiento que puso en su trabajo que el falso afectado temió ser objeto de las iras del sanador y no se atrevió a desfacer el entuerto. Como él no se arrancó, tampoco lo hizo el presentador, y el regidor estimó como medida más prudente dejar que el ser se manifestase y las cosas siguiesen su rumbo. En el segundo programa curó  a una anciana abulense que oía un molesto pitido desde los trece años. Tan pronto la tocó Cristo, dejó la mujer de acusar tal molestia. En esta ocasión nada había preparado, la de Ávila quedó sanada verdaderamente. El fallo fue que nadie se molestó en comprobar que meses atrás la misma mujer había dejado de ver sentados en el sofá cama de su saloncito a sus tíos abuelos muertos durante la hambruna de finales de siglo en la colonial Santiago de Cuba. Unas pastillas para el mareo que le aconsejó su vecina obraron el milagro. Escarbar demasiado habría sido descubrir que dos años atrás Dorotea, que así se llamaba, mantenía conversaciones habituales con uno de sus gatos siameses (lo curioso del caso es que las vecinas veían más extraordinario el hecho de que Dorotea, señora de buena posición, se rebajara a hablar con un minimo antes que el que un gato hablara) La buena mujer terminó de catapultar a la fama a Cristo, quien se hizo imprescindible en el espectáculo que noche a noche, de lunes a jueves, se organizaba en los estudios de Tele Brinco. Fue penoso tener que despedirse de los discípulos, quienes se negaron a seguir acudiendo a entretener a media España (a la España intelectual, se entiende) a cambio de un mísero bocadillo y un agua mineral –que ni siquiera lo era, pues las botellas estaban sin precintar y el contenido sabía a cloro en exceso. Cristo les encargó ir a predicar a todo el mundo, que su paga sería el Reino de los Cielos. Todos sin excepción prefirieron remuneración económica mejor que paga tan etérea. La única ocasión en la que Cristo no pudo obrar el milagro fue cuando intentó sanar a un escayolado. “¡Ni se te ocurra!”, le espetó el inválido; luego resultó que se trataba de un funcionario de baja laboral que por nada del mundo quería perder sus pagadas vacaciones.

Tras de tiempos vinieron tiempos, siendo su consagración definitiva la noche que propuso dejar en la carretera los cadáveres de los fallecidos en accidente de tráfico como medida disuasoria o preventiva, “...estimo que es la mejor campaña concebible toda vez que, lógicamente, habría que oír el parecer de los familiares”, concedió a la audiencia. Puro espectáculo, mas la audiencia exigía cada vez más y más, y hubo que intentar el más difícil todavía: ¿sería capaz de repetir el milagro del ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches? Aceptó el reto, añadiendo un plus de peligrosidad, no ayunaría de comestibles y bebestibles, lo haría de sentido común, lo que quedó traducido y pactado como aguantar durante cuarenta días y sus noches visionando ininterrumpidamente vídeos grabados de programas telebasura (como en el que trabajaba) y leyendo simultáneamente revistas de la prensa rosa. Se organizó una especie de concurso en el que, junto a él, participaron un concejal de izquierdas y otro de derechas, haciendo notar Cristo que de ese modo se faltaba a la exactitud bíblica, pues el Evangelio sólo hablaba de un ladrón, no de dos, y además de un buen ladrón. De alguna manera el muchacho presentía cercano el momento de su muerte, ya que, amén de la anterior observación, en los últimos programas había aseverado que podían destruir la Cibeles, que en tres días él la reconstruiría, en clara alusión a su cuerpo y a su resurrección. Los concejales no aguantaron ni tres días, uno de ellos se despidió increpando a Cristo: “¿No eres tú Dios? Pues sálvate a ti mismo”. Lo decía dado el mal color de la tez de su contrincante.

Al sexto día Cristo falleció de la peor de las muertes, ahogado en su propio vómito producido por tanta estulticia visionada. España entera pudo escuchar las palabras agónicas de su despedida: “Padre, si todavía estás en Foncalent, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Frente a él, en la pequeña pantalla que había servido de potro de tortura, un energúmeno que se autoproclamaba periodista y cuyos gestos lo delataban como afeminado sobresaliente preguntaba a una chica operada de todo salvo de las neuronas –ningún cirujano pudo encontrarlas en su cerebro- si era cierto que pensaba vender la exclusiva del momento en el que perdiera la virginidad por enésima vez. “Lo haré, pero con fotos robadas”, contestó la arpía, y al punto Cristo exhaló su último aliento. Un cámara suplente comentó: “Verdaderamente tenía buen juicio”. A buen seguro que le habría gustado al finado que alguien mintiese que era hora taurina.

Por el programa desfilaron en días sucesivos los padres, la novia y el encargado de la pizzería en la que trabajaba Cristo, éste último promocionando camisetas de su establecimiento que utilizaban como reclamo la imagen del nuevo Mesías. Camisetas, llaveros, pegatinas, encendedores..., alrededor del fallecido se generó toda una industria del recuerdo que llegó a convertir su tumba en lugar de peregrinación. Lo que muy pocos supieron fue que al tercer día la lápida apareció removida y vacío el nicho. El encargado del cementerio se apresuró a colocar todo en su sitio para evitarse problemas, creyendo a pies juntillas, eso sí, que Cristóbal Judea, antiguo envasador de pizzas, había ascendido en cuerpo y alma a los cielos. Con el tiempo se le olvidó que la tarde anterior un anciano extravagante de luengas barbas venido expresamente de Foncalent le había preguntado por su hijo, a quien buscaba con ahínco para comunicarle que el Espíritu Santo, en definitiva, no era ni una paloma ni un loro, sino más bien el ave fénix, la única capaz de resucitar de entre sus cenizas. “Sólo así –explicó al asombrado sepulturero- obtiene plausibilidad la aparición de llamas de fuego sobre la cabeza de los discípulos cuando se les confiere el Espíritu.” Y dicho aquello emprendió camino hacia poniente para  adentrarse en la eternidad.

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