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Rincón de Ailene y Miguel Án

EL VIENTO Y EL GNOMON.

EL  VIENTO  Y  EL  GNOMON.

Siempre que soñaba con estantiguas y le dolía el aliento sucedía algo insólito. Ese amanecer no fue la excepción, de modo que pasado el conticinio, comenzó a llover dentro del bodegón del lienzo del salón hasta que se desbordó el búcaro y cayeron unas gotas sobre el aparador, formando un pequeño charco de brillo metálico. Cuando Ana despidió a su marido se extrañó al ver marchitos, enaguazados, los girasoles del cuadro; no obstante aprovechó el agua aparecida como por ensalmo sobre el aparador para regar la tierra cenicienta de las matricarias. No le prestó la suficiente atención, pese a lo insólito del fenómeno, porque había algo que la intranquilizaba todavía más y no acertaba a precisar qué pudiera ser. Sólo lo supo instantes antes de que sonara el teléfono, cuando el canario dejó de trinar; entonces reparó en que Pedro, por vez primera en sus diecisiete años de profesión, había olvidado al pájaro en casa.

El gerente de la mina le comunicó, como con voz de otro, que una bolsa de grisú había provocado una explosión; su marido se encontraba herido, camino del hospital. A la misma hora que ella, de la impresión, sufrió el aborto, él entraba en coma (el reloj de sol de su terraza, pese a estar nublado, se detuvo a las diez y cuarto).

Días después otra llamada la informaría de que su expediente de adopción internacional había sido, por fin, aprobado y que deberían viajar en breve a Nanjing a recoger a la niña que sería su hija. Semanas más tarde, antes de volar a China, los médicos le dijeron que a su marido habían dejado de crecerle las uñas, por lo que acaso no lo encontrara vivo a su regreso.

Amaranta, de ojos almendrados y sonrisa perenne, conoció a su padre al poco de pisar tierra española. Antes habían pasado por casa para comprobar que los girasoles del bodegón no sólo lucían espléndidos, sino que giraban sus pétalos en dirección al rostro de la niña, desentendiéndose del radiante sol de la pintura y de los rayos que atravesaban el ventanal de la terraza, ajenos también al VIENTO que caracoleaba alrededor del gnomon que sombreaba las doce y veinte.

En el hospital Ana anticipó lo que iba a suceder porque dejó de dolerle el aliento y, tras meses de silencio, escuchó un gorjeo conocido. La niña se acercó a Pedro, en coma profundo, y acarició su mano.

Lo primero que escuchó el hombre al despertar fue el canto del canario.

Lo primero que vio la mujer al oír al canario fue la sonrisa de su marido.

Lo primero que sintió la niña al rozar la piel de su reciente padre fue seguridad.

“Llevo meses sin soñar –apenas balbució él-, pero sé que te llamas Amaranta. Me lo ha silbado el pájaro”.

Los ojos rasgados de la niña, sonrientes, parecían animarlo: “Levántate y anda”

Tosió para expulsar el grisú que lo envenenaba y el canario cayó fulminado.

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