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Rincón de Ailene y Miguel Án

JUSTICIA PARA ENRIQUE RUIZ GUILLAMÓN

Enrique viajó a República Dominicana a convencer a su mujer para que regresase con él y sus hijos. No lo consiguió. Facturó el equipaje para volver a España y retornó  a la casa de su mujer (doscientos kilómetros), para suicidarse colgándose de un naranjo. Había avisado a su familia para que lo esperasen en Barajas.
No conocí a Enrique, pero sí a varios amigos que lo consideraban alguien excepcional, razón suficiente para que aporte mi modesto granito de arena a una causa que considero justa: que se busque la verdad en caso tan abstruso.
Dejando al margen el hecho de que todos los que lo conocieron consideren altamente improbable la explicación de su suicidio, me permito apuntar varios detalles que resultaría conveniente tener en cuenta.
- En la República Dominicana que yo conocí –y que, desgraciadamente, no ha avanzado demasiado en los últimos años, salvo en índices de criminalidad-, la mayoría de los funcionarios (ya fuesen policías o médicos forenses) no se distinguía por su celo profesional. Y esto por dos motivos: porque sus sueldos eran miserables, y porque los medios con los que contaban para realizar su trabajo causaban vergüenza ajena. Conocí el caso de autopsias que se realizaron con un simple bisturí, un escalpelo y unas tijeras, nada más. Y casos de policías que, en caso de gresca, detenían a quien menos pesos llevara en su cartera, no a quien más visos presentara de ser el culpable. Huelga decir que los pesos cambiaban de cartera a continuación. No diré que siga siendo la tónica habitual, pero sí que en países en vías de desarrollo la lealtad de las fuerzas de seguridad se inclina por el dinero, no siempre por la justicia, lo que en la práctica conlleva alianzas con mafias de cierta importancia. Y que se enfade quien quiera.
- También conozco a más de cinco dominicanos (lo que implica que habrá bastantes más) que han dado con sus huesos en la cárcel por dedicarse a forzar a compatriotas para que contraigan matrimonios de conveniencia con extranjeros y luego manejarlas a su antojo. No insinúo que sea éste el caso de Urany, pero sí que, dado que esta novedosa modalidad criminal parece cotizarse al alza, no estaría de más investigar en esa dirección para descartar hipótesis.
- Lo que cae por su peso es la desvergüenza de la viuda: se marcha tranquilamente a su país, dejando a Enrique al cargo de sus propios hijos durante un año; se niega a regresar a requerimiento del marido y, con el cuerpo todavía caliente del buen hombre, le falta tiempo para personarse y contratar a un abogado que le gestione el cobro de los seguros de vida y demás asuntos monetarios. Aunque confío en la justicia menos que Stevie Wonder en su vista, yo contribuiría  a un fondo común que se hiciera con el fin de contratar un abogado que, de momento, detuviese el cobro de dinero alguno por parte de la viuda hasta que se esclarezca el asunto.

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