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Rincón de Ailene y Miguel Án

SAN BOTELLÓN

        Dice mi cuñada que lo flipa. Me apunto, aún sin entender muy bien qué significa el neologismo. Por mensajes de móvil se convocan macrobotellones a diestro y siniestro. Día: viernes; comienzo de la fiesta: doce de la mañana, hora taurina donde las haya. Y contra todo lógico pronóstico la convocatoria resulta un éxito y desde diez minutos antes ya están llegando ansiosos jóvenes en busca de juerga etílica. No llegan mucho antes porque tampoco es cuestión de madrugar, no vaya y el sueño acumulado no les permita disfrutar en toda su extensión de la fiesta venidera. ¿No tendrán que trabajar dichos sujetos?, ¿no estudiarán?, ¿nadie les obliga a acompañar a sus madres a la compra?, ¿serán todos de hidalgas o nobles familias que pueden subsistir alegremente sin pegar un palo al agua a base de abolengo y rancias subvenciones de la Unión Europea, la comunidad autónoma que toque y el ayuntamiento de turno al más puro estilo de la Casa de Alba? Pudiera ser.

¡Así es parte de la juventud!, animosa, idealista, descuidada, picaruela.

Me decido a sacar partido del influjo decisivo de los mensajes sobre los muchachos e inicio una cadena convocando a los mismos a una macrotarea todavía por decidir. El tufillo de misterio presumo que aumentará el número de los convocados. Una vez que evaluemos la cantidad de mozalbetes que acuden prestos podemos elegir entre ponerlos a cavar cepas, emplearlos en la limpieza de las calles peatonales de la ciudad o dar un pito y una piruleta por barba o labios pintados y poner al conjunto a hacer sombra en cualquier barrio marginal de la población.

Nadie secunda mi cadena de mensajes, nadie acude a mi convocatoria. Y yo preocupado por la policía, preocupado por los reporteros que vendrían a cubrir tan magna noticia, preocupado por los voluntarios de protección civil que sacrificarían su ocio en aras del bienestar de la comunidad, preocupado por los servicios sanitarios que vigilarían el normal desarrollo de nuestra actividad. Nadie. Cavilo a toro pasado que debería haber incluido el nombre de Leo Bassi para atraer la atención.

Algunos ayuntamientos, con buen criterio, prohibirían la realización de mi idea, como han hecho con el macrobotellón, pero otros puede que hasta me subvencionasen la compra de pitos y piruletas.

Me cuentan del ayuntamiento de Granada, excelentísimo, evidentemente, que acondicionó un lugar para el macrobotellón preocupado por el bienestar de la tropa adicta a la molicie y al alcohol; me cuentan de ese mismo ayuntamiento, evidentemente excelentísimo, que niega por sistema el uso de algunos salones de sus centros cívicos a asociaciones juveniles, ONGs y similares. ¡Bien hecho, chavales!, ¡bien hecho!, potenciando la cultura contra viento y marea.

No entiendo el neologismo ni el botellón ni sus derivados. ¿A qué tanta publicidad? En la calle uno debería poder hacer lo que le viniera en gana respetando al vecino. ¿Beber en la calle?, ¿por qué no? Como si nos da por caminar a cuatro patas. Eso sí, tú bebes en la calle, pero sin alborotar, y menos en horario nocturno. Bebes en la calle, pero las basuras las tiras en las papeleras o en la puerta de la casa de tu madre. Bebes en la calle, pero si la vejiga te aprieta buscas un servicio para aliviarte, y si te da por vomitar luego te preocupas por limpiar la pota como si se tratara de una caca de tu perro. Y a quien no haga eso que es de Perogrullo, se le pone la multa correspondiente y a otra cosa, así se incrementa el erario y el ayuntamiento no se ceba tanto con la ciudadanía mediante la ORA y la grúa. ¿Y que están muy caras las copas en los bares? ¡Toma, y el gasoil!, y no por eso un servidor pasa de comprarlo en gasolinas en lugar de sustraerlo del depósito de los coches de la vía pública.

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