MI EXPERIENCIA CON LA OMIC

Lo voy a sintetizar mucho: hace años viajé a Paraguay con Pilar para visitar un proyecto de ayuda al desarrollo. Para que nos saliera más económico tuvimos que coger un vuelo con tres escalas, así nos costó algo más de la mitad. El viaje sería una paliza, pero la cantidad a economizar merecía la pena. Fuimos a una agencia de viajes y sacamos los billetes. El viaje bien, pero en la última escala, la que hicimos en el aeropuerto de Buenos Aires, resultó que el último avión que debíamos tomar para llegar por fin a Asunción, no existía. Llevaba sin operar varios meses. Nos pasamos nueve horas en una sala de espera -muy bien atendidos, eso sí-, hasta que tuvimos la fortuna de que nos encontraran sitio en otro vuelo, pagando suplementos y mil historias, claro. De vuelta a España me dirijo a la Agencia de Viajes y les cuento lo que nos ha pasado, presentando justificantes de todo. Ellos miran en el ordenador y dicen que ese vuelo que no existía sí que existe porque aparece como operativo. A mi me da igual lo que diga el ordenador, tenemos los justificantes de todos los pagos extra que hemos tenido que hacer y queremos que nos los reembolsen. Pueden llamar a la compañía VARIG para ver si existe ese vuelo, en lugar de fiarse del ordenador. El caso es que me dicen lo de siempre, que en unos días me llaman para aclararlo todo. No me llaman y soy yo el que tiene que llamar, más largas. Capotazo va, capotazo viene. Me toca presentarme en su oficina para que me den más capotazos, que ya han cursado las reclamaciones oportunas y todo va muy bien. Al mes y pico de aguantar tomaduras de pelo me da por publicar un artículo en El Día de Toledo, dando pelos y señales de lo sucedido y hasta el nombre y dirección de la Agencia de Viajes. Tuve la precaución de fotocopiar el artículo y enviárselo a los de la Agencia (Viajes Holymar, en la Avenida de la Reconquista, para más señas). Les faltó tiempo para ponerse en contacto conmigo y para decirme que VARIG declinaba toda responsabilidad, y que me iban a demandar por calumnias o no sé qué por ese artículo que había publicado. Parece ser que VARIG les había dicho eso hacía semanas y me habían estado dando largas no sé con qué fin, aunque supongo que el de lograr que me aburriese y me olvidase del asunto. Pues escribí otro artículo dando todavía más pormenores del asunto e incluyendo la última amenaza. No me denunciaron, se limitaron a mandar una carta al director de ese periódico donde me ponían de vuelta perejil y de mentiroso. Me fui a la OMIC, y después de muchos trámites y meses, casi un año después, la Junta Arbitral de Consumo de Castilla La Mancha dice que si quiero sacar algo en claro me tengo que ir a los tribunales, que como el empresario no acepta avenirse a una mediación ellos no pueden hacer nada. Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas, pienso yo. Si me hubiesen dicho hacía un año que sus servicios eran meros brindis al sol no habría gastado tiempo en hacer escritos, registrarlos, pedir algún día en el trabajo para verme las caras con el abogado de Holymar Tours S.L. en la Delegación de Sanidad. Lo habría denunciado en el juzgado o me habría aguantado, más bien lo segundo, porque por cuatrocientos euros no me habría metido en pleitos, sabiendo que me habría costado más el juicio, aún ganándolo, que esos cuatrocientos euros. Así que cuando me hablan de la OMIC me entra la risa floja. Conservo todavía todos los papeles de aquel capítulo, pero el que más me gusta es el que cierra la carpeta, ese con fecha doce de julio de dos mi cuatro firmado por el presidente de la Junta Arbitral de Consumo de Castilla La Mancha, Luis Prieto Sanchis, en el que con letras en negrita se dice: Resuelvo no admitir a trámite la reclamación por los motivos que se exponen: NO ACEPTACIÓN DEL EMPRESARIO.

¡Campeones, campeones, oe, oe, oé! Como que el empresario iba a aceptar rascarse el bolsillo por haber metido la pata si se le ofrecía la oportunidad de no hacerlo e irse de rositas. A la semana siguiente, me fui una tarde a la puerta de Viajes Holymar y estuve de cinco a siete advirtiéndole a los clientes que entraban -que no fueron más de diez- que allí estafaban a la gente y yo era un damnificado. Sólo una pareja no entró después de escucharme, y creo que fue por miedo a que yo estuviese como una cabra y empezase a mamporros si no me hacían caso. Una señorita de la Agencia, la que tantas largas me dio por teléfono, salió a media tarde para decirme que habían avisado a los municipales. Estos debieron de hacerle tanto caso como ellos a mí, porque por allí no apareció nadie. Eso sí, la vergüenza que pasé haciendo el idiota en aquella puerta no se la deseo a nadie. La escasa clientela que les pude quitar no compensó ni, insisto, la vergüenza, ni las dos horas perdidas.

26/05/2008 21:40. Autor: miguelangelcarcelen. Enlace permanente. Tema: Artículos.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario

*

*
No será mostrado.


*

* Datos requeridos.